Seydou se va al mercado


El post que hoy cuelgo, fue un encargo que el director de la Fundación Africa Digna me hizo a raiz de la publicación del informe de la Organización Mundial del Comercio sobre las políticas comerciales de los EEUU, y que dejaba patente la distorsión que las ayudas en el sector agrícola causan en el mercado mundial con especial incidencia en los países más subdesarrollados:

¿Qué pasa cuando Seydou, natural de Bamako (Mali) pero emigrado a la ribera del río Níger en Koulikoro, se desplaza a la capital con la firme idea de vender su cosecha de algodón, arroz, tabaco o cualquier otro producto[1], para poder alimentar su familia, invertir en nuevas semillas, en un pozo de agua, medicinas, o para pagar la escuela de sus hijos?

Muy probablemente el intermediario le dará una respuesta bien simple y contradictoria: “lo que me ofreces es de muy buena calidad, pero no te puedo pagar el precio que me pides…”. Seydou tendrá, entonces, dos opciones: irse con las manos vacías, o aceptar el precio que el intermediario está dispuesto a pagarle por lo que él le ofrece y que hará que la economía doméstica de su familia vaya entrando continuamente en pérdidas.

Seydou se preguntará, “¿qué futuro les espera a mis hijos en un país donde todos vivimos del campo y donde nadie quiere lo que cultivamos porque hay “alguien” que lo hace a unos precios que no nos dan ni para pagar el desplazamiento al mercado de la capital?”. Si alguien le dijese que los productos que impiden que los suyos sean pagados a un precio justo vienen de los EEUU o de la Unión Europea (UE), su estupefacción será considerable. Si además le dijesen que los productores de estos estados reciben ayudas por parte de los gobiernos para poder exportar, su pregunta totalmente lógica, seria, “¿Por qué no partimos todos desde el mismo punto de partida de una forma igualitaria y justa? ¿Qué diferencia hay entre uno que cultiva aquí y uno que lo hace allá?”.

Esta historia ficticia, pero que puede reflejar de forma clara el día a día de millones de pequeños productores agrícolas de países del África, Asia o América Latina, no tiene nada de ficticio. Teóricamente el comercio mundial está regulado por una organización, la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero en la práctica esto no sucede como debería. Estados como Mali, con una dependencia económica del sector agrícola altísima, ven como sus productos no tienen cabida dentro del mercado mundial[2], y donde además las posibles soluciones que los gobiernos podrían dar están totalmente condicionadas por la intervención en su economía de los “dogmas” de las instituciones financieras internacionales. Esta dinámica sin fin conduce a un callejón sin salida en el cual los más perjudicados, como siempre, son las poblaciones de los estados menos influyentes en la escena internacional.

A Seydou nadie le explicará que existe la OMC, y que ésta vigila el “buen gobierno” del comercio internacional intentando suprimir las barreras comerciales que se han creado, se crean i crearán. Nadie le explicará que las ayudas que reciben los agricultores de los estados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico distorsionan el mercado de algodón provocando que el intermediario de Bamako no acepte su producto. Nadie le explicará que estados como el suyo, necesitados de la exportación de estos productos, abren sus fronteras dos veces más a la entrada de productos del exterior que los estados más desarrollados. Nadie le explicará que si se suprimiesen los subsidios al algodón en los EEUU los precios mundiales podrían subir un 10%, incidiendo en una cantidad entre 46 y 114$ al año para un agricultor. Pero lo que es peor es que nadie le dará a Seydou y a millones de agricultores del mundo una solución “factible” a este sistema comercial tan injusto y que privilegia el mantenimiento del status quo a conseguir un mundo más igualitario, justo y con igualdad de oportunidades.

Es precisamente todo lo anterior lo que recientemente la OMC ha constatado en un documento de reciente publicación. En una de sus revisiones periódicas a las políticas comerciales de los estados miembros, ha declarado que las ayudas a la agricultura que el gobierno de los EEUU da a un reducido número de agricultores distorsionan el comercio mundial, afectando las vidas y el futuro de millones de familias. En este caso la “denuncia” se dirige hacia los EEUU, pero no olvidemos que otros estados como los de la UE, y otros emergentes también dan estas ayudas. Y conviene no olvidar tampoco todas las problemáticas alrededor de la agricultura, sea hambre, especulación sobre materias primeras en los mercados financieros, los biocombustibles, etc., un sector “primario” del cual dependen el desarrollo y el futuro de millones de personas.

Es difícil dar una solución y una respuesta a Seydou sobre todo lo que impide que su algodón no se pague como se debería, y que su familia no tenga la posibilidad de un futuro digno, pero es aún más difícil no denunciar en voz alta estas injusticias que niegan a África y otras regiones del mundo la posibilidad de encontrar su camino y defender su dignidad.


[1] Se podría decir, en términos economicistas, que no son “competitivos”.


[2] La economía de Mali depende básicamente de la agricultura. Esta supone un 45% de su PIB, ocupa un 80% de la población y es su principal fuente de exportación. Los principales productos agrícolas de la economía de Mali son el algodón, el arroz, trigo y cacahuetes.

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About Hernán Cortés Saenz

Nacido un frío diciembre de 1982 en Barcelona, hijo de padre colombiano y madre catalana, mi nombre es Hernán. Resido en un pequeño pueblo de la Costa Daurada con un encanto espectacular y a orillas del Mare Nostrum. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universitat Autònoma de Barcelona, y estoy especializado en Relaciones Internacionales, cursando un Doctorado sobre la materia. He trabajado como Policy & Executive Officer en UBUNTU - Foro Mundial de Redes de la Sociedad Civil analizando temas relacionados con el sector financiero, alimentación, gobernanza mundial y desarrollo. Actualmente estoy en Nueva York (EUA) como investigador asociado con la Initiative for Policy Dialogue de la Universidad de Columbia y la Friedrich-Ebert-Stiftung investigando sobre las protestas globales acontecidas como respuesta a la crisis y las medidas de austeridad.

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